Hay un momento que a veces resulta prácticamente imperceptible, en el que el agotamiento materno empieza a cambiar la forma en que vivimos la maternidad.
Las cosas que otros días podemos acompañar con cierta calma empiezan a pesar más. Puede tratarse de una discusión entre hermanos, el llanto, el ruido o tener que repetir lo mismo cien veces. Pequeñas cosas que, acumuladas sobre un cuerpo y una mente que llevan demasiado tiempo sosteniendo, acaban por desbordar.
Y entonces aparece la irritabilidad.
Y desde ahí, te observas respondiendo con un tono que no querías utilizar. Levantas la voz e incluso puedes sentir que necesitas que todo el mundo se aleje durante un rato. Después, cuando la situación termina, puede aparecer la culpa por haber reaccionado de este modo y te dices cosas como:
“No quería reaccionar así.”
“¿Por qué tengo tan poca paciencia?”
“Mañana lo haré diferente.”
Pero llega otro día, vuelve el cansancio y la escena puede llegar a repetirse.
Cuando el cansancio se acumula
La irritabilidad tiende a aparecer cuando llevamos demasiado tiempo sin suficiente espacio para recuperarnos.
La crianza implica una disponibilidad muy particular. Hay que responder, atender, anticipar y decidir constantemente. Muchas veces no existe un momento claro en el que podamos dejar de estar pendientes. Incluso cuando estamos físicamente quietas, la cabeza puede continuar repasando lo que queda por hacer.
Y si esta sobredemanda se mantiene durante mucho tiempo, nuestros recursos también cambian y disminuyen.
Tenemos menos margen, menos capacidad para detenernos antes de responder, toleramos peor la frustración y disponemos de menos espacio para registrar lo que necesitamos.
Por eso, cuando te descubras pensando “ya no tengo paciencia”, quizá pueda ser útil detenerte un momento y mirar qué está ocurriendo a tu alrededor y dentro de ti.
¿Puedes observar tu cansancio? ¿La falta de descanso? ¿La ansiedad por querer llegar a todo? ¿El tiempo que llevas sosteniendo tanto?
¿Puedes ser amable contigo en ese preciso momento?
La irritabilidad como punto de transición
Cuando estamos irritadas, es fácil que nos fijemos únicamente en cómo reaccionamos. En el grito, en el tono que hemos utilizado o incluso en lo que hemos dicho.
Y, por supuesto, importa cómo tratamos a nuestros hijos. Poder revisar nuestras respuestas y asumir responsabilidad por ellas forma parte del proceso.
Pero comprender la irritabilidad requiere mirar un poco más atrás. Quizá requiere hacerse preguntas como:
¿Qué había ocurrido antes?
¿Cómo estaba nuestro cuerpo?
¿Cuánto tiempo llevábamos funcionando sin parar?
¿Qué pensamientos estaban apareciendo?
¿Qué necesitábamos y no estábamos pudiendo atender?
¿Qué estaba pasando en nuestra vida en ese momento?
La irritabilidad puede ser una señal de que algo dentro de nosotros pide atención y cuidado.
No siempre nos indica exactamente qué necesitamos cambiar, pero puede ayudarnos a empezar a mirar hacia lugares que necesitamos atender.
La culpa no es el final del recorrido
Suele ocurrir que el momento más difícil de gestionar no es al terminarse el enfado, sino que llega más tarde. Tiende a llegar al recordar cómo has respondido y al aparecer la sensación de haber fallado.
La culpa puede llevarnos a pensar que deberíamos controlar mejor nuestras emociones. Que una buena madre debería tener más paciencia. Que, si realmente queremos a nuestros hijos, no deberíamos reaccionar de esa manera.
Y, sin darnos cuenta, podemos empezar a luchar contra nuestra propia experiencia:
“No debería estar tan cansada.”
“No debería estar enfadada.”
“No debería necesitar tanto tiempo para mí.”
“No debería sentir esto.”
Pero luchar contra lo que estamos sintiendo no siempre hace que desaparezca. A veces ocupa todavía más espacio mental y nos drena la poca energía que nos queda.
Tu enfado también tiene un lugar
Sentirte irritada, cansada o frustrada forma parte de una experiencia que puede aparecer cuando la maternidad está siendo especialmente exigente. No dice nada, por sí sola, sobre la madre que eres.
La cuestión puede ser qué hacemos con ellas cuando aparecen. Pregúntate:
¿Puedo notar que estoy llegando al límite antes de reaccionar?
¿Puedo reconocer el enfado sin convertirlo automáticamente en una conducta?
¿Puedo observar los pensamientos que aparecen cuando estoy saturada sin tener que seguir cada uno de ellos?
¿Puedo hacer espacio para el cansancio sin concluir que estoy haciéndolo todo mal?
¿Y, sobre todo, puedo empezar a construir un pequeño margen entre lo que estoy sintiendo y la manera en que elijo responder?
Quizá no siempre sea posible. No siempre saldrá bien. Pero ese margen puede ir creciendo a medida que trabajamos en estas preguntas.
¿Cuál es el camino entonces?
Quizá una parte del camino tenga que ver con poder dejar de convertir el cansancio, el enfado o la irritabilidad en algo contra lo que tenemos que luchar constantemente.
No porque tengamos que conformarnos con sentirnos así, sino porque emplear toda nuestra energía en conseguir que estas experiencias desaparezcan puede dejarnos todavía con menos recursos para preguntarnos qué necesitamos.
Aceptar que estoy agotada no significa resignarme a seguir agotada.
Aceptar que siento enfado no significa permitir que el enfado decida cómo trato a mis hijos.
Aceptar que hoy no tengo recursos no significa dejar de buscar maneras de recuperarlos.
La aceptación, en este sentido, no consiste en aprobar lo que ocurre ni en renunciar al cambio. Consiste en poder reconocer lo que está ocurriendo sin añadir una lucha constante contra ello.
Y desde ahí, quizá podamos mirar hacia fuera con algo más de claridad.
Porque a veces necesitamos trabajar nuestra relación con el estrés, pero otras veces hay cosas en nuestra vida que necesitan cambiar.
Quizá necesitemos pedir ayuda y permitirnos hacerlo.
Quizá necesitemos hablar de cómo se está repartiendo la carga en casa y tener una conversación que llevamos tiempo evitando.
Quizá necesitemos recuperar espacios que han desaparecido.
Quizá necesitemos revisar determinadas expectativas.
O quizá haya otro malestar que lleva tiempo acompañándonos y que también necesita ser atendido.
Aceptar lo que sentimos no nos lleva necesariamente a quedarnos donde estamos. Puede permitirnos mirar con mayor claridad hacia dónde necesitamos movernos.
Y esto es importante: la terapia no debería convertirse en otra manera de decirle a una madre que tiene que aprender a soportar más.
¿Cómo quiero responder cuando estoy al límite?
Una de las preguntas que pueden abrir un espacio diferente es sencilla:
“Cuando estoy cansada, irritada y mi hijo hace algo que me supera, ¿cómo quiero responder?”
No cómo debería responder.
No cómo respondería una madre ideal.
Cómo quiero hacerlo yo, teniendo en cuenta quién soy, mis circunstancias y aquello que considero importante para mí.
A veces esa respuesta será apartarme un momento para poder regularme; otras veces será reconocer que necesito ayuda, poner un límite o simplemente reparar después de haber reaccionado de una manera que no quería.
No existe una única manera correcta de responder. Lo importante es poder elegirla con algo más de espacio, en lugar de quedar completamente a merced de aquello que estamos sintiendo.
La posibilidad de reparar también forma parte de la relación.
No necesitamos hacerlo todo perfectamente para construir vínculos seguros y significativos con nuestros hijos.
Cuando el agotamiento deja de ser algo puntual
La maternidad tiene momentos muy exigentes. Hay etapas de poco sueño, enfermedades, cambios, dificultades familiares o simplemente días en los que todo parece suceder a la vez.
Pero si la sensación de estar al límite se mantiene, si la irritabilidad ocupa cada vez más espacio, si sientes que ya no reconoces tu manera de reaccionar o si el cansancio está afectando a tu relación contigo misma, con tus hijos o con tu pareja, puede ser útil detenerse y mirar qué está ocurriendo.
No para encontrar rápidamente una forma de volver a estar bien.
Sino para comprender qué está sosteniendo ese agotamiento y qué necesitas para empezar a vivir esta etapa de una manera diferente.
Porque quizá no se trata de convertirte en una madre que nunca pierde la paciencia.
Quizá se trata de poder reconocer cuándo estás llegando al límite, escuchar lo que ese límite está diciendo y encontrar, poco a poco, formas más flexibles de responder a lo que ocurre.
Y también de recordar algo que a veces olvidamos:
tú también formas parte de aquello que necesita ser cuidado.